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La huella de la «Terapia Sistémica Familiar» en mí

Empecemos por mis inicios con el concepto de “psicología” que fue allá por el año 1994 o 1995, cuando en la asignatura de Filosofía de 2º de BUP nos hablaron de conceptos básicos de psicología como: cerebro, memoria, procesamiento de la información, aprendizaje, desarrollo, etc.

Esto supuso que desde ese mismo momento se despertara en mí cierta curiosidad sobre el «ser humano» y saber o conocer más sobre cómo éste aprende y se comporta; al igual que me pasaba ya anteriormente con conceptos como la filosofía, el pensamiento, la existencia o el conocimiento, así como, los diferentes filósofos y eruditos que nos hacían leer y estudiar para la asignatura del mismo nombre. Es entonces cuando mi forma de ver la vida y la etapa evolutiva en que me encontraba, “la temida adolescencia”, empezaban a fraguar en mí cambios en mi propia forma de pensar, relacionarme con los otros, comportarme o ver el mundo.

Posteriormente, pasados unos años y una vez matriculado en la Universidad, en el año 1998 más exactamente, como no podía ser de otra manera en la «Facultad de Psicología» de la UAM (Universidad Autónoma de Madrid), después de ciertos cambios de rumbo, dudas, notas académicas y casualidades de la vida me doy de frente con la llamada: “ciencia que trata la conducta y los procesos mentales de los individuos”.

A partir de ahí todo lo que tiene que ver con el ser humano en general me empieza a generar un “gran dilema”, pero a su vez una gran atracción por saber más de nosotros mismos y nuestro desarrollo, y así se inicia el camino de mi propia búsqueda como persona que convive en una sociedad rodeada de otras personas y dónde las áreas o sistemas: familiar, personal, escolar y social son claves para el buen desarrollo y crecimiento de un individuo.

Después de mis estudios de Psicología y un postgrado de un año académico dirigido a la especialización didáctica, educativa y pedagógica en el propia UAM, comienzo a trabajar en el sector de la “Intervención Social”, y más concretamente en la Fundación Tomillo ubicada en el Sur de Madrid, y con sede en una zona especialmente vulnerable y deprimida, como es Orcasitas. Primeramente como psicólogo educativo con grupos de refuerzo, habilidades sociales, talleres familiares… y posteriormente como psicoterapeuta, realizando atención psicosocial con infancia,  adolescencia y con sus familias.

A raíz del trabajo en conjunto con otros colegas psicólogos/as de la Fundación Tomillo, desarrollando una «mesa de psicólogos» una vez al mes para la elaboración de materiales propios, para el estudio y supervisión de casos, elección de formaciones, etc. surge desde la propia Fundación Tomillo, como formación interna, un master de dos años de “Pedagogía Sistémica”, concepto el de “sistémica” que en ese momento me sonaba a “chino” y no había oído hablar de él en 5 años de carrera universitaria.

Se trataba de la III Promoción del Master de Pedagogía Sistémica CUDEC desde el enfoque de Bert Hellinger y de las Constelaciones Familiares que se desarrollaba en Madrid, a través del propio Centro Abierto de la Fundación Tomillo. De esta forma aparecía ante mí un nuevo enfoque para poner en práctica en mi vida y mi desarrollo profesional como “ayudador” en esta sociedad actual en la que vivimos. Con esta formación aprendí nuevos conceptos y teorías sobre aspectos tan interesantes como: la importancia vital del sistema familiar; los órdenes de la ayuda y del amor; la inteligencia transgeneracional y los vínculos con las generaciones precedentes; el genograma familiar y su uso en la consulta; los movimientos sistémicos y las constelaciones familiares sistémicas, así como, su aplicación práctica; y un largo etcétera.

Tras dos años de Máster y su finalización con un residencial y entrega de títulos, se despierta en mi interior la necesidad de seguir formándome en el llamado por los psicólogos “enfoque sistémico familiar”, pero ya a un nivel más teórico-práctico, académico, con trabajo de casos clínicos, y de cara a desarrollar mi labor profesional como psicoterapeuta en consulta privada en un futuro cercano.

Y es ahí cuando después de preguntar a varios colegas de profesión y analizar diferentes «Escuelas de Terapia», me doy de bruces con «Stirpe (Diagnóstico y Terapia Familiar)» y con su director, gran persona y experimentado terapeuta familiar José Antonio Ríos González (Cáceres, 1930 – Madrid, 31 octubre, 2019). Que no tenía el placer de haberle conocido antes, ya que estudié en la UAM, como he mencionado anteriormente, y no en la Complutense -UCM-, pero que diversos/as compañeros/as psicólogos/as de la Fundación Tomillo sí conocían y les había dado clase en la Facultad de Psicología, no pasando desapercibidas para ellas y teniendo una gran valoración de su forma de dar y llevar las clases. En septiembre de 2012 inicio mi formación como Terapeuta Familiar con todo el equipo al completo de Stirpe, formado por el ya citado José Antonio Ríos, con Simona Basile como coordinadora de mi grupo y con Zayda Villar como coordinadora de otro grupo, pero como profesional de apoyo en talleres, formaciones internas y diversas actividades de la Escuela.

Lo primero que me llamó la atención gratamente de»Stirpe» fue el recibimiento por parte José Antonio en una primera entrevista individual con él. Ya en ese momento se percibía y sentía que ese Centro no era otra cosa que una “gran familia”, donde se daba gran importancia al aspecto humano, la cercanía y apoyo entre las personas, donde los estudiantes hiciéramos piña, y donde se creará un clima de trabajo, esfuerzo y crecimiento constante, a través de los diversos talleres, las sesiones clínicas, la recomendación de lecturas, de artículos y libros, la recogida y registro de datos durante la sesión, la realización de los resúmenes para las familias y parejas, etc. Todo ello te iba dando un conocimiento de la materia, una base y estructura desde la que empezar a construir todo lo que supone el comenzar a trabajar con un «caso clínico»: una primera llamada y recogida de datos, qué indagar en las primeras sesiones y cómo, la realización de hipótesis de trabajo, el trabajar desde la co-terapia y con el equipo reflexivo (saliendo en sesión para dirigirse hacia los terapeutas), el uso del registro de datos de sesión (y su importancia para tener la información organizada y automatizar un método de trabajo y tener unas claves desde las que empezar a trabajar), la puesta en común del equipo tras la sesión, cómo realizar un resumen de sesión de manera adecuada, etc. Todo un mundo que empezaba a experimentar en mis «propias carnes», que al principio me suponía nervios e inseguridad, pero que con el paso de las semanas y meses, y cada uno a su ritmo (aspecto muy importante desde mi punto de vista, pues se dejaba el tiempo y ritmo que cada uno tenías por sus propios tiempos personales, jornadas y horarios de trabajo, posibilidad de asistir a varias sesiones…), iba dando sus frutos, pues ibas saliendo como equipo reflexivo, perdiendo el miedo paulatinamente, aportando tus propias opiniones en la post-sesión con el equipo, dando ideas para los resúmenes… y sintiéndote cada vez más a gusto dentro de un equipo de personas variopintas que empezaban a hacer las cosas bastante bien y progresaban adecuadamente en su cometido terapéutico.

Así transcurrieron las semanas, los meses y los años y cuando casi no te das ni cuenta, te tocaba iniciar la «supervisión», lo que suponía salir como co-terapeuta junto a José Antonio u otro de los miembros del equipo de Stirpe. Ese momento sí despertó en mi ciertos nervios, miedos, o inseguridades, aunque en mi caso, que llevaba trabajando como psicólogo y realizando sesiones individuales y conjuntas con menores y familias hacía ya unos cuantos años, no supuso apenas cambio o miedos, sino más bien cierto respeto a salir junto con una persona de la talla de José Antonio al lado, con una experiencia profesional de 50 años y la gran figura que representaba dentro de la Terapia Familiar en España, y junto a todo esto, hacerlo lo mejor posible e intentar aprender lo máximo de él y de su experiencia en este campo.

En Stirpe la formación con talleres, seminarios, jornadas o congresos llevados a cabo por profesionales de diferentes ramas era fundamental, y en todo el tiempo de formación asistí a varios con temáticas diferentes y a los que agradezco enormemente el conocimiento e interés aportado: un taller de “Duelo” con Lola Baratas; uno de “Adopción” con Felipe Marín; uno de “Familia, Enfermedad y Terapia Familiar” con María Fernández; otro de “Evaluación de la terapia familiar” con Simona Basile; un Congreso de dos días sobre “Nuevas formas de conexión: Terapia Familiar y Nuevas Tecnologías”; un taller sobre “Resistencia al cambio: el uso del silencio y la palabra” con Zayda Villar; el 12º Curso UADO: “La otra cara de la salud mental del niño y del adolescente” en el Hospital Universitario Gregorio Marañón; otros talleres como el “Dardo envenenado: la emoción expresada en la intervención grupal con familias de hijos de adolescentes” con Consuelo Llamazares (ex-compañera en la Fundación Tomillo); “Nuevas aportaciones de la Terapia Centrada en Soluciones” con Mª de las Mercedes Blanco; “Perspectivas del empleo de la metáfora en TF y TP” con Ramón Torres.

Hasta llegar a uno para mi fundamental en la formación y con un carácter especial por el peso que supone en lo «personal», ya que se trataba de un taller más vivencial, emocional, de saber y conocer sobre uno mismo y por ende de mi propia familia, de indagar en el pasado, en la historia de uno mismo, en la de mi madre y padre, etc. Nos referimos al denominado «FOT: Familia de Origen del Terapeuta». Donde en pequeño grupo se trabajaban, expresaban y analizaban aspectos más familiares, íntimos, secretos de nuestro desarrollo e historia de vida, y dónde se podían vislumbrar ciertos miedos, malestares, inseguridades o los llamados por José Antonio “agujeros negros” de uno mismo. Se trataba de un trabajo personal y familiar muy bello, donde entre otras cosas: se escribía rememorando a la familia ya desaparecida, se trabajaba con el propio genograma familiar, con fotos de nuestra vida, en el cual se entrevistaba y pedía a nuestro propio padre y madre que nos contaran cosas de ellos mismos, de nuestra primera infancia, edad escolar, etc. Lo que hacía de este taller, desde mi humilde opinión, el más intenso, emotivo y con el que se trabajaba más uno consigo mismo como persona y como terapeuta de toda la formación.

También pudimos asistir desde Stirpe a los talleres de la «Asociación Madrileña de Terapia de Pareja, Familia y Otros Sistemas Humanos» (AMTPFOSH), perteneciente a la Asociación Madrileña de Terapia de Familia, como fueron: “Dinámica transpersonal de la identidad” con Paco Derqui; “De la psicología perinatal a la terapia familiar” con Fabiola Cortés, etc.

Y a otras jornadas como: “Familias vulnerables, familias resilientes” en la Universidad de Comillas, o las “III Jornadas de Resiliencia: Del trauma a la recuperación en víctimas de violencia de género» en el Caixa Fórum de Madrid.

Todos estos talleres, jornadas, seminarios… nos dieron un punto de vista más amplio de la Terapia Familiar, nos permitieron conocer otros enfoques, así como, diferentes aplicaciones prácticas y clínicas que nos podían guiar o influenciar en nuestro futuro porvenir profesional como psicólogos o terapeutas.

A la memoria de José Antonio Ríos González (Cáceres, 1930 – Madrid, 31 octubre 2019)

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